Tres caras de la misma moneda
Tres caras de la misma moneda
Javier Martínez Aldanondo,
Gerente de Gestión del Conocimiento de Catenaria
jmartinez@catenaria.cl
Casi todo el mundo está de acuerdo en que innovar es una condición básica para la supervivencia de las organizaciones actuales (para las personas utilizamos el término “reinventarse”). Y digo casi todo el mundo porque surgen voces que claman lo contrario, como propone este artículo “Por qué las empresas necesitan menos innovación” Mas adelante comentaremos alguno de los disparates que se vierten en este texto.
Hace algunos años, durante una visita a la casa de mis padres en San Sebastián, mi abuela materna (que falleció hace escasos 7 meses a la edad de 97 años) me hizo un comentario aparentemente inofensivo cuando me vio sentado en la cama tecleando en mi portátil. ¿Qué estás haciendo? Me dijo. Estoy trabajando, amona (abuela en vasco) le contesté. Ah, es que vosotros trabajáis con la cabeza… Para mi abuela, el concepto de trabajo estaba directamente relacionado con lo que ella había vivido a lo largo de su vida: trabajar en el campo, donde las jornadas vienen marcadas por lo que impone la meteorología (de sol a sol) y donde la potencia física, y la alimentación correspondiente, tenían una importancia superlativa. Para nosotros el mundo ha cambiado radicalmente. La potencia intelectual ha sustituido a la poten cia física que ha sido derivada hacia la maquinaria y la tecnología. En esta transición, en la que me temo hemos salido perdiendo, nos hemos vuelto prisioneros de un ritmo de vida frenético en el que el tiempo es el tesoro más preciado y donde la presión por usarlo adecuadamente para obtener resultados se está volviendo insoportable. Muchas personas simpatizaron hace breves semanas con el caso de Steven Slater, un asistente de vuelo con más de 30 años de experiencia que tras ser golpeado por un cliente durante una discusión en el avión, no aguantó más, tomó el micrófono, insultó a los pasajeros, se quitó la corbata, se tomó tranquilamente una cerveza, activó el tobogán de emergencia y se deslizó hasta la pista de aterrizaje y desapareci ó. Otro ejemplo alarmante nos lo ofrece el enorme porcentaje de niños que actualmente están sometidos a tratamiento mediante ritalin o medicamentos similares para tratar la hiperactividad.. Algo no estamos haciendo bien porque mi abuela nunca había oído hablar del stress. Mientras que en tiempos de mi abuela, se pagaba a las personas por trabajar, hoy hemos complejizado la ecuación y el salario no sólo incluye trabajo y resultados sino que además les exigimos varias componentes más:
- Aprender lo que necesitan para estar actualizados
- Enseñar a otros, que saben menos que ellos, pero la empresa requiere que aprendan
- Trabajar colaborativamente y compartir
- Cambiar de forma permanente e inmediata
- Innovar
¿Por qué innovar? La historia nos demuestra cada día que no puedes seguir haciendo siempre lo mismo. Nos guste o no, eso es irrelevante, en un mundo global tienes que ser competitivo y básicamente, o tratas de competir por costos (donde cada día es más difícil luchar, por ejemplo, contra China) o compites por diferenciación lo que nos conduce a la imperiosa necesidad de innovar. Si pretendemos que cualquier profesional y cualquier ciudadano sea un innovador, hay preguntas que tenemos que ayudarles a responder:
1. ¿Qué es Innovar? Innovar consiste básicamente en hacer cosas que no se han hecho antes. Sin entrar en detalles sobre cuándo una innovación es disruptiva o es evolutiva, esa definición significa que innovar requiere APRENDER a hacer las cosas que antes no eras capaz de hacer. La innovación es un intangible que se distingue por lo siguiente:
- La innovación es un CONOCIMIENTO. Dado que el conocimiento es aquello que te permite tomar decisiones y actuar y que fue aprendido, es evidente que nadie nace sabiendo innovar sino que se trata de una capacidad adquirida a lo largo de la vida. Resulta interesante preguntarse si 2 de los innovadores más reconocidos de la historia como Leonardo da Vinci o Steve Jobs hicieron en su momento un “Master en Innovación” en alguna reputada escuela de negocios… La forma de verificar que tienes ese conocimiento es que demuestres tu capacidad para innovar.
- La innovación es un proceso de APRENDIZAJE. El punto de partida de la innovación es un conocimiento que te resulta insuficiente para alcanzar un resultado que te interesa obtener. Y el punto de llegada es un nuevo conocimiento más desarrollado que si te permite obtener dicho resultado. El proceso que transcurre entre ambos estados es un proceso que te habilita para hacer cosas que anteriormente no eras capaz de hacer. Innovar consiste en crear nuevo conocimiento, es decir, exige aprender a hacer las cosas de otra manera. Todo lo que aprendes es una innovación para ti, independientemente de que el resto del mundo ya lo conozca.

2. ¿Cómo se Innova? A comienzos del 2007, planteé el tema en un artículo inspirado por mi hijo mayor titulado “El árbol de patatas fritas” y hace unos meses, mi jefe me compartía esta historia que incluyo a continuación. “Hace 6 años fui invitado a una universidad para hablar de innovación. Recuerdo la fecha con exactitud: uno de mis hijos pequeños tenía meses y, en consecuencia, lloraba con cierta frecuencia. El proceso que seguía a su llanto me maravillaba. Su madre, lo miraba y escuchaba atentamente y luego sentenciaba: “tiene hambre… o tiene frío… o tiene sueño… algo raro le pasa”. Luego procedía en consecuencia: le daba leche, lo mudaba, lo hacía dormir o llamaba al médico. Yo pensaba e n los pobres niños cuyas mamás, ya sea por la inexperiencia o por la falta de habilidad, no eran capaces de determinar la causa del llanto. Me imaginaba cómo se sentirían siendo mudados cuando tenían hambre, intentando dormirse cuando estaban mojados y molestos, o recibiendo leche cuando tenían sueño. Pensé en lo útil que sería tener un “detector de causa de llanto”, la tranquilidad que a los padres le proporcionaría el uso de este instrumento, “el negocio” que significaría desarrollarlo y la felicidad de los niños por el bienestar obtenido. Yo podía identificar la necesidad del instrumento, mas no sabía cómo hacerlo. Empecé a determinar las características del “equipo” que debía reclutar para desarrollar el invento. No alcancé a avanzar demasiado…. Lamentablemente era tarde; ya estaba a la venta en “el Corte Inglés” (multitienda española). Tenía un costo de 99 euros y demoraba 5 segundos en indicar el motivo del llanto. Lo había desarrollado un ingeniero electrónico alemán cuya esposa no acertaba en el motivo del llanto de su hijito. Consistía en un analizador de ondas. La frecuencia del llanto de un bebé es diferente según lo que le ocurre y, seguramente es eso lo que percibe una madre cuando determina por qué llora. Lo que permitió al ingeniero desarrollar este “innovador” instrumento tiene que ver con un problema que lo afectaba, con la visualización de una necesidad transversal, con la conceptualización de la solución y con el conocimiento que permite su construcción.”
- La motivación/el enojo: Para innovar hay que estar enojado, o como se dice en España, cabreado. Sólo te interesa innovar cuando algo que te preocupa, no funciona adecuadamente y te importa lo suficiente como para querer hacer algo al respecto. Cuando eres padre y tu hijo llora, la motivación por resolver este inconveniente puede alcanzar cotas insospechadamente elevadas, podéis creerme. ¿Hay algo que actualmente te tenga molesto, te tenga incómodo? Si no es así, no tienes ninguna necesidad de cambiar y por tanto no tienes motivo alguno para innovar. Los problemas son la mecha inmejorable para disparar el proceso innovador.
- Las preguntas: Para innovar hay que ser curioso y más en concreto, hay que hacerse preguntas. Hay 2 preguntas imprescindibles que todo innovador se formula: ¿Por qué las cosas son como son? ¿Por qué no pueden ser de otra manera? Las preguntas son las que permiten abrir la puerta y como ya he insistido en muchas ocasiones, tenemos un grave handicap en este punto ya que el sistema educativo jamás se ha preocupado de desarrollar en los jóvenes la habilidad de hacerse las preguntas adecuadas sino que por el contrario, está lleno de respuestas a preguntas que los niños nunca se hacen. Las respuestas cierran puertas y por si fuese poco, tienen una fecha de caducidad cada vez más corta. ¿Por qué llora mi hijo? ofrece una magnífica oportunidad para innovar.
- Los errores: La innovación es un camino arriesgado, se sabe desde dónde empiezas pero nunca existe certeza acerca de donde llegarás. En esa incertidumbre, tras la pregunta siempre sigue una hipótesis que hay que comprobar para generalmente verla fallar y corregirla. La innovación es impredecible y por regla general, no es rentable y si de algo se puede estar seguro es de que durante ese camino te encontrarás más errores que éxitos. Los científicos reconocen que el error es posiblemente la herramienta más importante con que cuentan para progresar, pero de nuevo la educación nos hace un flaco favor al estigmatizar el error como algo peyorativo y vergonzante. Por esa razón, un innovador debe desarrollar un ego sólido y necesita ser capaz de convivir naturalmente con la frustraci& oacute;n y el fracaso.
- El conocimiento: Sólo puedes innovar en aquellos ámbitos en los que tienes conocimiento previo suficiente. Yo no puedo realizar ninguna innovación en el área de la física cuántica, la electrónica o la energía solar porque no tengo ningún conocimiento al respecto que me permita formularme las preguntas adecuadas para desencadenar todo el proceso.
Para innovar es preciso que exista un entorno favorable a la innovación. La abrumadora mayoría de empresas e instituciones que conocemos no están diseñadas ni incentivan que esos 4 elementos puedan florecer. Las grandes empresas no suelen ofrecer las mejores condiciones para que puedas elegir trabajar en los problemas que más te importan y fracasar intentando resolverlos. Las escuelas de negocios no te preparan para hacerte preguntas descabelladas ni formular hipótesis absurdas. El desafortunado artículo que mencionaba al inicio ofrece un diagnóstico bastante acertado: Un elevado porcentaje de empleados considera la innovación como una hipocresía ya que perciben que a los líderes no les interesa necesariamente que su gente proponga nuevas ideas sino más bien que hagan lo que se les pide de la forma más entusiasta posible. Sin embargo, la solución que propone es tóxica en el sentido de que refleja precisamente la base del problema que impide desarrollar empresas más innovadoras: sólo un grupo reducido y escogido deben ser innovadores. No es ninguna sorpresa que los defensores del status quo se resistan a perder sus privilegios.
Tradicionalmente consideramos que las monedas cuentan con 2 caras pero se nos olvida que tienen una tercera cara: el canto, que de hecho es la que permite que una moneda ruede. Para saber de innovación necesitas ser experto en aprendizaje y en gestión del conocimiento porque de otra forma no puedes entender cómo se innova. Los 3 elementos están interrelacionados entre sí. Para innovar debes entender primero qué es el conocimiento y cómo se aprende.
El próximo artículo abordará de nuevo el polémico mundo de la educación. Como parte del mismo, os propongo responder una pregunta muy simple respecto de qué 3 cosas os gustaría que vuestro hijo/a realmente sepa/domine cuando termine el colegio. Podéis contestar la pregunta siguiendo este link http://www.surveymonkey.com/s/YSZFFLM
(Lo siento) el conocimiento no se puede transferir
(Lo siento) el conocimiento no se puede transferir
Javier Martínez Aldanondo,
Gerente de Gestión del Conocimiento de Catenaria
jmartinez@catenaria.cl
Imagino que la mayoría de personas que leéis esta columna sabéis conducir un coche. Si hacéis uso de vuestra memoria y os trasladáis a la época en que tuvisteis que aprender a conducir, os daréis cuenta que antes de llegado ese momento, habíais pasado largas horas (y también innumerables kilómetros) sentados en un automóvil, muchas de ellas posiblemente como copilotos. Sin embargo, en el momento que iniciasteis el proceso de aprendizaje y os situasteis en el asiento del conductor, os disteis cuenta que todo ese tiempo transcurrido a bordo de un coche no suponía aporte alguno a vuestra capacidad de conducir. Qué sorprendente resultaba haber visto tantas veces a tus padres maniobrar el coche familiar con facilidad y sin embargo, una vez en los mandos del vehículo y cuando te tocó el turno a ti, debiste reconocer la imposibilidad de sacar siquiera el coche del estacionamiento. En un principio te pudo resultar inesperado pero hoy, te parece evidente que haber empleado años como testigo privilegiado del desempeño de otras personas, no te habilita para realizar las actividades que ellos son capaces de ejecutar. Y la razón es muy simple: el conocimiento no se puede transferir. Mi hijo menor me pidió recientemente que le quitase las ruedas pequeñas de su bicicleta para poder seguir en sus correrías a su hermano mayor. No sólo ha visto muchas veces a otros niños andar en bicicleta y sabe perfectamente qué elementos la componen sino que él mismo lleva ya varios meses manejando la suya. Pero en el momento que le quité las 2 ruedas supletorias, lo primero que hizo (para su asombro) fue… caerse al suelo. Carece del conocimiento necesario para andar sin ruedas que le ayuden y dicho conocimiento, lejos de poder ser transferido, necesita aprenderlo, algo que nadie puede hacer por él.
El hecho de que el conocimiento se pudiese transferir directamente sería posiblemente uno de los principales descubrimientos de la historia y le resolvería a la humanidad una cantidad inimaginable de problemas, empezando por el más importante: la educación. Me encantaría anunciar a voz en grito que es posible transferir conocimiento pero ya va siendo hora de que asumamos la mala noticia. El conocimiento no es un objeto sino que es una estructura neuronal y como tal, no es susceptible de ser transferido a otra persona. Los conocimientos que tiene mi hijo mayor sobre cómo andar en bicicleta, cómo sumar o cómo leer son estructuras neuronales ubicadas en su cerebro, en sus manos, en sus pies, en sus ojos… fruto de un largo esfuerzo y, por más que quisiera, no puede regalárselos a su hermano. La buena noticia es que mi hijo pequeño puede adquirir dichos conocimientos, puede generar sus propias estructuras neuronales, mediante un proceso que resulta capital para tanto para las personas, las organizaciones y los países: Aprender. Tú puedes adquirir cualquier conocimiento que otra persona tenga si sigues un proceso de aprendizaje similar al que ella siguió.
Tener claridad sobre esta evidencia tiene unas consecuencias de incalculable trascendencia. Sin embargo, y para mi sorpresa, nadie parece ser consciente de esta realidad. Durante el discurso anual que el recientemente elegido Presidente de Chile pronunció para todo el país, la educación ocupó un lugar muy destacado. Se pronunciaron frases como “la educación es el principal motor para el desarrollo y la movilidad social… es el gran instrumento para construir el país de las oportunidades. Por eso, la batalla por el desarrollo y contra la pobreza, la vamos a ganar o perder en la sala de clases”. “Porque nuestro sistema educacional -digámoslo con todas sus letras- no da una educación de calidad a todos los estudiantes, y en vez de corregir las desigualdades sociales, muchas veces las perpetúa, traspasándolas de generación en generación. Este, queridos compatriotas, es el verdadero y mayor escándalo de la sociedad chilena, del cual se ha hablado mucho para denunciarlo, pero se ha hecho poco para corregirlo”.
Una vez más, se proclama la educación como un bien superior, como la principal herramienta de desarrollo de los países y de sus ciudadanos. Partiendo de esa base ¿Cómo actúa el sistema educativo para hacerse cargo de ese desafío? Asume que dado que los niños deben adquirir conocimientos, habilidades y actitudes para funcionar en la vida, lo que hay que hacer es organizar todos esos elementos en asignaturas (física, historia, matemáticas, geografía…) y horarios perfectamente estructurados para cada día, hora y minuto del año escolar. En ese modelo, es tarea del profesor enseñar esas asignaturas y del alumno estudiar y aprenderlas y para verificar que las aprendió, hacemos exámenes y ponemos notas. Cuando los alumnos sacan buenas notas (lo que no ocurre casi nunca), todos los estamentos se muestran felices, los padres en primer lugar junto a los políticos, los profesores y por último, los perplejos alumnos. Cuando no es así, hablamos de crisis en la educación, algo que resulta crónico. El primer gran problema de este enfoque es que su punto de partida considera el conocimiento como un OBJETO que se puede trocear en asignaturas, se puede transferir (en un flujo que discurre en un sólo sentido, desde los profesores hacia los alumnos) y se puede medir con números (basta hacer tantos exámenes como sea necesario). Quien más se beneficia de este sinsentido es la universidad que recibe a los alumnos adecuadamente ordenados después de que el colegio hace el “trabajo sucio” de clasificarlos según sus notas. No caemos en la cuenta de que en el colegio se enseña pero no se aprende, tan solo se estudia. No aprendes algo hasta que lo haces repetidamente (escuchar o leer sirven de muy poco). El fenómeno de enseñar es pasivo para un alumno mientras que el de aprender es activo. Hoy leía en un periódico cómo el director de un colegio se quejaba amargamente de que la errónea evaluación (por parte del ministerio) de un examen realizado por alumnos de su institución había afectado el promedio de notas y por tanto el “ranking” del colegio lo que automáticamente llevó a que varios padres, que habían matriculado a sus hijos para el próximo curso, retirasen sus postulaciones. La falacia de creer que el conocimiento se transfiere lleva a cometer la aberración de organizar la educación para que gire alrededor de los exámenes que son el mayor veneno del sistema porque desde ese momento, lo único que importa ya no es aprender sino obtener determinada calificación y peor aún, lo que hacemos es enseñar lo fácil, l o que se puede medir en un examen y no lo verdaderamente importante.
La prueba de acceso a la universidad, las diferentes pruebas internacionales (Simce, Pisa, etc) y desde luego, los exámenes cotidianos que se rinden en cada colegio, son un ejemplo más del absurdo imperante: todos esos exámenes son inútiles, no tienen ningún valor, miden cosas irrelevantes y, lo peor de todo, parten de la base de que el conocimiento es un objeto. El emperador no sólo está desnudo, sino que en su obcecación por desnudarnos a todos, nos está perjudicando gravemente y nadie es capaz de denunciarlo. Os recomiendo que leáis la transcripción de esta conferencia en la que Jeff Jarvis llama al SAT (examen de acceso a la universidad que se rinde en EEUU) por su nombre.
En las empresas no pueden sino ocurrir cosas similares e incluso agravadas. Todas las organizaciones son verdaderos yacimientos de conocimiento, están sentadas sobre montañas de know how que les permiten obtener resultados. Cuando formulas la pregunta, ¿dónde está el conocimiento en esta empresa?, la respuesta es siempre la misma: En las cabezas de sus empleados. La tentación entonces es inmediata: Dado que el conocimiento es un objeto susceptible de ser explicitado y almacenado, basta que los mismos empleados lo pongan por escrito (en manuales, procedimientos, sistemas, procesos…), lo organizamos en bases de datos (o en la intranet) y se acabó el problema. Pero en realidad, es justo a partir de ese momento cuando comienza el problema. La cruda realidad insiste tercamente en demostrarnos a diario que cuando el conocimiento se explicita en documentos, se convierte en información y que las personas, no sólo somos todavía muy poco diestras en la documentación de procesos y en la organización y búsqueda de información sino que, cuando por suerte encontramos lo que necesitábamos, tenemos graves problemas para aplicarlo para el problema que queríamos resolver. Muchas instituciones reconocen en privado tener graves problemas para que sus colaboradores visiten de vez en cuando la intranet, usen los gestores documentales o participen en las comunidades. La verdad es que no queremos buscar información ni tampoco usar buscadores, no tenemos tiempo que perder. Lo que queremos es encontrar.
Lo que sí se puede almacenar y transferir es la información. Todo conocimiento está compuesto por información. Nuestro cerebro procesa continuamente patrones de información que provienen del exterior mediante los sentidos y nuestra respuesta sólo será conocimiento si lleva consigo aparejada una acción, si es verificable. El conocimiento sólo existe si se aplica. Cómo reza un proverbio hindú “A los ignorantes los aventajan los que leen libros. A éstos, los que retienen lo leído. A éstos, los que comprenden lo leído. A éstos, los que ponen manos a la obra”. Un pendrive que contenga todos los libros escritos por el ser humano desde el inicio de los tiempos no contiene conocimiento por sí solo. Por eso es necesario no confundir los términos: el proceso por el que la información se convierte en conocimiento se llama aprender y ocurre en el cerebro. El mecanismo por el que se te habilita oficialmente para conducir un coche está bastante estandarizado en todos los países. Para obtener el carnet de conducir debes realizar 2 exámenes: Uno bastante prescindible, el teórico, que se supone te enseña a interpretar las señales y demás elementos del tráfico. Y otro ineludible, el práctico, cuyo objetivo es cerciorarse de que tienes el suficiente conocimiento antes de salir a manejar a tu libre albedrio por la ciudad. Obviamente, este último examen no tiene lugar en un aula con un lápiz en la mano, tampoco es un test de respuesta múltiple ni importa mucho que le expliques al examinador si “debes o no ceder el paso a otro vehículo al entrar en una glorieta en la que no hay señal que regule la preferencia de paso”. Lo que debes demostrar es si sabes desenvolverte adecuadamente en un contexto idéntico al que te espera cuando conduzcas sin el auxilio de nadie. Perfectamente podrías responder de forma correcta todas las preguntas en el examen teórico (haber memorizado toda la información del código de circulación) y no tener absolutamente ni idea de cómo conducir un automóvil. Es más, la mejor manera de aprender la teoría es sentado al volante del coche que es como realmente las vas a enfrentar… No importa cuanta información acumules, importa cuánto conocimiento puedes demostrar. Ocurre que mientras no demuestres suficiente conocimiento para conducir, sin importar cuanta teoría sepas, ningún país puede arriesgarse a poner en manos de sus ciudadanos un dispositivo tan complejo y peligroso como un coche. Es curioso resaltar que cuando realmente nos importa asegurarnos que las personas aprendan adecuadamente (por lo peligrosas que puedan resultar las consecuencias), no vacilamos en usar el mejor método: Aprender haciendo. ¿Por qué no ocurre lo mismo con el resto de ámbitos de la educación del ser humano? Uno de los grandes errores que comete la formación a nivel empresarial es considerar el conocimiento como un objeto transferible de forma directa por un experto que lo imparte a lo largo de un curso y que, en la mayoría de ocasiones, ni entiende de procesos de aprendizaje ni siquiera sabe lo que sabe (no olvidemos que el conocimiento es inconsciente) y que por tanto solo puede explicar “teoría”.
Hace aproximadamente 1 mes tuve la fortuna de participar en un evento de gestión del conocimiento celebrado en Sao Paulo. Al ser la primera ocasión en que visitaba la ciudad, la opción de transporte para desplazarse entre el hotel y el auditórium sede de las conferencias se reducía prácticamente al taxi. Sin embargo, junto con varios extranjeros más, decidimos arriesgarnos a atravesar la metrópoli a bordo de un coche equipado con un GPS. Evidentemente, contábamos con el conocimiento sobre cómo conducir un automóvil pero carecíamos del conocimiento sobre cómo movernos por Sao Paulo. Este déficit lo suplimos con bastante facilidad haciendo caso, al pie de la letra, de las instrucciones del GPS. Podría decirse que el conocimiento de la ciudad lo tenía el GPS y que por más que nos fuese entregando indicaciones muy precisas sobre qué debíamos hacer, no nos estaba transfiriendo conocimiento por 2 razones: La primera es que sin conocimiento sobre cómo conducir, la información entregada por el GPS es inútil. La segunda es que para poder navegar por Sao Paulo sin GPS, necesitaríamos un proceso de aprendizaje que posiblemente tomaría varios años. En uno de los recorridos, surgió la discusión sobre qué ocurrirá en el momento en que el GPS no sólo transmita instrucciones sino que también sea capaz de manipular el volante, el acelerador y el freno para de esa forma poder guiar el vehículo sin necesidad de intervención humana. ¿Tendrá en ese momento conocimiento el GPS? Uno de los pasajeros, ex responsable del programa de Gestión del Conocimiento de la Armada de EEUU sostenía que el GPS tendrá conocimiento sobre cómo conducir aunque no sepa cómo lo hace. Hacia este escenario transitan las iniciativas relacionadas con la automatización. No cabe duda que si ejecutas tareas que son susceptibles de ser realizadas por máquinas, tarde o temprano así sucederá. Si YouTube te sustituye como profesor, significa que el valor que agregabas era nulo.
El conocimiento no se puede transferir, por eso aprender es tan importante y por eso, la forma que escojamos para que las personas aprendan tiene tanta importancia porque no todos los métodos son iguales ni dan los mismos resultados. En otra columna profundizaremos sobre el camino más sensato que consiste, no en almacenar “conocimiento” sino facilitar el intercambio y la colaboración entre personas y sobre todo las oportunidades de aprender. Un amigo me envió en cierta ocasión, la receta de un postre que era su especialidad. Si nos guiamos por el paradigma imperante, este es un proceso de gestión del conocimiento donde mi amigo es quien sabe cómo hacer ese postre, yo no y él me trasfiere su conocimiento por medio de la receta. ¿Suficiente? ¿Se puede transferir el conocimiento en un documento? ¿En una conversación? Ojala fuese tan simple… La receta sólo es una condición necesaria pero no suficiente, falta el proceso fundamental que consiste en que yo haga el postre a partir de esa receta, que yo aprenda, genere mi propia estructura neuronal y adquiera ese conocimiento. Imagino que el futuro Basque Culinary Center que se está construyendo en San Sebastián, que impartirá el Grado en Ciencias Gastronómicas y Culinarias y que está llamado a ser un referente mundial en su campo, habrá tomado buena nota. Igual que ocurre con el examen de conducir, no importa que sepas muchas recetas, importa que cocines buenos platos o gestiones bien un negocio gastronómico.
Para quienes tengan la posibilidad, les recomiendo acercarse al Expoelearning que se celebrará en Lima entre el 7 y el 9 de julio organizado por Aefol. Allá abordaremos temas relacionados con el conocimiento, el storytelling y los cambios que demanda la educación.
Catenaria – Gestión del Conocimiento
Miraflores, 178 piso 10 / Teléfono 56 – 2 – 2905404 / Mail: jmartinez@catenaria.cl /
Santiago, Chile
Segunda Jornada e-learning de Acrocampus
Acrocampus formación e-learning en colaboración con el ayuntamiento de Elche y a través de Elx Innova, invitan a asistir a la segunda jornada “La voz de la Formación”:
Pueden contactar con Acrocampus formación e-learning.
- Fecha: 20 de Mayo 2010
- Horario: 9:00 a 14:00 hrs y de 16:00 hrs a 18:30 hrs
- Lugar: Centro de Congreso de Elche. Alicante
- Programa: en breve se publicará.
Contacto: acrocampus@acrocampus.com
www.acrocampus.com
965 460 316



